La mañana y la tostada

-Suelo desayunar tostadas

-¿Y te gustan con mermelada, aceite…?

-Mantequilla

-Pues mantequilla… no, no tengo.

-Aceite está bien -dijo sonriendo.

Empezaron a desayunar en silencio. Él, asumiendo la falta de costumbre de ella, de tostadas con aceite, le preparó una cubriéndola después con abundante tomate rallado. Se la tendió.

-Gracias -dijo ella abriendo una enorme sonrisa y cogiéndola agradecida.- Está buena. -Ahora no sonrió apenas porque tenía la boca llena.

-Tu también -pensó el- pero no lo dijo. Hay cosas que se dicen, pero no en voz alta.

Lydia tenía el pelo castaño y ligeramente ondulado, bastante desordenado. Normal puesto que no se había peinado. Normal ya que había pasado la noche batallando contra él. O a favor de él, según se mire. Por las mañana solía salir a correr, al parque que está junto a su casa. Pero esa noche había hecho ya bastante ejercicio. ¡Uf! No necesitaba más. De hecho le dolían ligeramente los abductores. ¡Ufff! Hacía tiempo que no se sentía tan bién. Hacía tiempo que no sentía apenas en realidad, comparado con esta noche…

Juan hacía tiempo también que no ligaba, como decía él. Desde que lo dejaron con la que fuera su novia, un año atrás… como si fueran miles de años atrás… Hay que vivir el presente.

Ella le miraba en silencio mientras comía ahora la segunda tostada. Sentía su cuerpo relajado y feliz, tras la actividad nocturna. Se sentía bien. Una sensación de aventura feliz, una emoción alegre la inundaba. ¡Qué bien! ¿Y ella, cuánto hacía que no ligaba? La pregunta correcta era, ¿cuanto hacía que no se sentía bien? Debían ser unos trescientos años. O algo así. Pero no era tiempo de recordar. El desayuno estaba delicioso. Aunque él hablaba poco, era amable. Y la miraba. Normalmente le pondría nerviosa que la miraran tanto. Sobre todo un tío. Sobre todo uno que conocía hacía menos de venticuatro horas. Sobre todo… Pero la mirada de él la hacía sentirse profundamente halagada. “Que raro”, hubiera pensado si se hubiera detenido a pensar.

Pero no lo hizo. Estaba demasiado atenta a lo que hacía él. A lo que hizo. Él dejó de masticar y la miró aún con mas decisión. Como si se marcase un objetivo o algo así. Ya no era una mirada curiosa, observadora. Era una mirada… que sólo anticipaba lo que vino después. Dejó su tostada a medio comer, se levantó, y sin pedir permiso, fue hasta ella, la levantó de la silla tomándola en brazos con fuerza, y la llevó de nuevo hasta la habitación. Ella se dejó coger, se dejó llevar. Ni le animó, ni trató de pararle. Ni soltó su tostada. Ni pudo parar de sonreir. Paralizada, con una sensación de aventura emocionada, se dejó llevar, con la tostada en la mano derecha, sonriendo como una tonta, tragó saliva y se dejó tender de nuevo sobre la cama. Se dejó desnudar de nuevo, no es que hubiera estado muy vestida aún, y se dejó abrasar de nuevo en el calor de la mañana que traía él de nuevo. Su mirada de antes, decidida, a través de la mesa había sido como una flecha hipnotizadora. Su cuerpo amado y sus emociones temblaron. No dijo nada. La mirada la había dejado sin palabras. Ella era toda sonrisa. Toda emoción. Toda sensación e intensidad.

Media hora después soltó la tostada. Quería acariciarle el pelo.

Suavemente.

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Published in: Sin categoría on septiembre 15, 2008 at 9:00  Comments (1)  

La luz dorada

La luz dorada del amanecer les sorprendió abrazados, unidos de corazón y cuerpo. Esa noche se habían besado como si fuera la última en la vida. La última en que pudieran verse, decirse las cosas. La última para sentirse. Para amarse. Para estar juntos y declarar ante el mundo y la vida que se amaban.

Bajo el potente brillo de la luna llena se acostaron juntos, descorrieron la cortina para que pudiera verles y ellos a ella. La luna se acercó hasta ellos, parecía brillar por delante de las finas nubes, muy cerca. Les cuidaba desde arriba.

Ella quería sentirle dentro. Abrazada a su espalda y sus hombros, miraba a la blanca y hermosa luna, y su rostro se bañaba en su luz. Él la miraba a ella, su precioso rostro iluminado, y con cada mirada se enamoraba como si la primera vez fuera. O más tal vez. Porque la conocía más. La amaba más.

Ella no le soltaba, no le soltó en toda la noche. Quiso estar con él por todas las noches que no podrían estar juntos. La vida estaba hecha para los dos, para estar juntos. Unidos. Compartida. Separarse no era posible. Tal vez los cuerpos. Pero no los corazones. Dos corazones que cada noche, cada día se fusionaban. Y ella no quiso que sus cuerpos se separaran ni un momento. Quería fusionarse con él, ser uno los dos juntos.

La luz dorada del amanecer les recordaba las cosas. Que tenían que ponerse en pie. Que él se marcharía muy pronto. Tenía que irse. Con suerte serían solo tres meses. Trescientos. Tres mil. Cada día sin ti es una vida entera. Así pensaba ella.

Él procuraba no pensar… Y a ratos lo hacía bastante bien.

Él besaba su sonrisa. Una y otra vez. Debió ser la sonrisa más besada de la Tierra. Del Universo. Esa noche sí. Esa noche no hubo otra sonrisa más besada, más cultivada de amor, más adorada. Su sonrisa era el lugar donde él se apoyaba. El suelo que pisar. Su referencia. El sol de día, la luna de noche y su sonrisa en el corazón.

Para irse ella se hizo la dormida. Él lo sabía y se lo perdonó. Sabía que tenía que ser así. Que no quería llorar. Que habían estado despidiéndose toda la noche. Toda la semana. Sabía que si le miraba a los ojos no podría marcharse. O podría pero…

La luz dorada del amanecer la bañó a ella, sola ahora en la cama, mientras fingía dormir, aún después de haberse marchado él. La luz dorada es hermosa, y calmaba su pena, la tranquilizaba y la adormeció. Tres meses es un parpadeo. y si seis fueran… bueno, dos parpadeos.

La luz dorada del amanecer le envolvió a él mientras dejaba su casa y caminaba. Las calles de la ciudad le miraban en silencio, y reflejaban la dorada luz sobre él, que caminaba con aparente firmeza. Caminaba feliz, sintiendo la sonrisa de ella en su corazón.

Published in: Sin categoría on septiembre 15, 2008 at 7:22  Comments (1)