La luz dorada

La luz dorada del amanecer les sorprendió abrazados, unidos de corazón y cuerpo. Esa noche se habían besado como si fuera la última en la vida. La última en que pudieran verse, decirse las cosas. La última para sentirse. Para amarse. Para estar juntos y declarar ante el mundo y la vida que se amaban.

Bajo el potente brillo de la luna llena se acostaron juntos, descorrieron la cortina para que pudiera verles y ellos a ella. La luna se acercó hasta ellos, parecía brillar por delante de las finas nubes, muy cerca. Les cuidaba desde arriba.

Ella quería sentirle dentro. Abrazada a su espalda y sus hombros, miraba a la blanca y hermosa luna, y su rostro se bañaba en su luz. Él la miraba a ella, su precioso rostro iluminado, y con cada mirada se enamoraba como si la primera vez fuera. O más tal vez. Porque la conocía más. La amaba más.

Ella no le soltaba, no le soltó en toda la noche. Quiso estar con él por todas las noches que no podrían estar juntos. La vida estaba hecha para los dos, para estar juntos. Unidos. Compartida. Separarse no era posible. Tal vez los cuerpos. Pero no los corazones. Dos corazones que cada noche, cada día se fusionaban. Y ella no quiso que sus cuerpos se separaran ni un momento. Quería fusionarse con él, ser uno los dos juntos.

La luz dorada del amanecer les recordaba las cosas. Que tenían que ponerse en pie. Que él se marcharía muy pronto. Tenía que irse. Con suerte serían solo tres meses. Trescientos. Tres mil. Cada día sin ti es una vida entera. Así pensaba ella.

Él procuraba no pensar… Y a ratos lo hacía bastante bien.

Él besaba su sonrisa. Una y otra vez. Debió ser la sonrisa más besada de la Tierra. Del Universo. Esa noche sí. Esa noche no hubo otra sonrisa más besada, más cultivada de amor, más adorada. Su sonrisa era el lugar donde él se apoyaba. El suelo que pisar. Su referencia. El sol de día, la luna de noche y su sonrisa en el corazón.

Para irse ella se hizo la dormida. Él lo sabía y se lo perdonó. Sabía que tenía que ser así. Que no quería llorar. Que habían estado despidiéndose toda la noche. Toda la semana. Sabía que si le miraba a los ojos no podría marcharse. O podría pero…

La luz dorada del amanecer la bañó a ella, sola ahora en la cama, mientras fingía dormir, aún después de haberse marchado él. La luz dorada es hermosa, y calmaba su pena, la tranquilizaba y la adormeció. Tres meses es un parpadeo. y si seis fueran… bueno, dos parpadeos.

La luz dorada del amanecer le envolvió a él mientras dejaba su casa y caminaba. Las calles de la ciudad le miraban en silencio, y reflejaban la dorada luz sobre él, que caminaba con aparente firmeza. Caminaba feliz, sintiendo la sonrisa de ella en su corazón.

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Published in: Sin categoría on septiembre 15, 2008 at 7:22  Comments (1)  

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  1. me gusta este pequeño relato manuel.me recuerda momentos….


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